Capítulo 5 de Tormenta de Pasión

Capítulo 5

Altamira Hall, en algún recóndito lugar de Trixania

Su piel estaba caliente, podía sentir como el fuego inundaba sus células hasta que su cuerpo entero se fundía en las llamas. El dolor le atravesaba entero, le punzaba y carcomía las entrañas, mientras la transformación sucedía. El dolor era intenso, sus músculos tiritaban, su piel se expandía, sabía lo que vendría después de que el dolor tan lacerante se incrementara, todo lo que le rodeaba se desintegraría entre el fuego que saldría de su cuerpo, la tierra temblaría bajo sus pies, el viento soplaría incesante y su alma moriría otro poco. No supo como, en qué momento, dentro de sus obnubilados sentidos, una voz poderosa le llegó, escuchó aquella profecía que le había sido entregada cuando quedó maldito. Se quedó estático, no pudo moverse y antes de que encontrara la manera de calmar la agonía que sufría, la oscuridad se apoderó de él.

*****

Para cuando Jared abrió los ojos, su cuerpo, que muchas veces se mostraba dolorido por el cambio, estaba en calma. Como si únicamente hubiese tomado una siesta. Supo que la noche había llegado, por que la luna se alzaba arrogante en el cielo nocturno, miles de estrellas titilaban alegremente ante sus ojos. Se levantó del suelo en el que había quedado tendido, no estaba seguro de lo que había sucedido, pero sabía que pronto se enteraría, sentía el cambio de energía y los flujos de aire que le rodeaban, se estaban calentando ante la inminente llegada de un Deus Fatutum. Por primera vez en su vida, Jared no tenía la fuerza necesaria para enfrentarse a uno de ellos. Esperó estoicamente a que el enviado de los dioses osara presentarse ante él y dejara de alterarle los nervios.

-Descendiente… hoy has sido salvado, pero la próxima vez el dolor será el doble de lo que ha sido esta mañana. Debes de empezar a poner en práctica lo que se te ha revelado, ante tus ojos está la salvación, sólo la noche puede guiar tu camino hacia su cáliz sagrado –dicho esto, se desvaneció dejándolo con la leve certeza de que su mundo empezaba a tambalearse.

El Deus acababa de desvanecerse cuando Jared sintió una poderosa presencia detrás de él, se giró para enfrentar al Dios Lucius. Lo miró directamente a los ojos casi amarillos que poseía, mientras se preguntaba la razón de tan extraña visita. No era raro que los dioses lo buscaran para entregarle alguna información vital, sin embargo, no sucedía tan a menudo.

-Jared –lo llamó fríamente- he venido a darte la bendición por la unión que harás con Ikram. Además de la necesidad que tengo de informarte, que si le haces el más mínimo daño, tendrás que atenerte a las consecuencias. Por último, el enlace debe de ser lo más pronto posible.

Jared se quedó paralizado durante segundos, no daba crédito a lo que había oído, ¡era simplemente imposible! No pensaba unirse a su compañera hasta que estuviese preparado para ello.

-Si me permite Dios Lucius, pero no comprendo. Hablé con Ikram y le informé de mi decisión de enlazarme a ella, en el momento en que nos hayamos conocido. Evidentemente, no podrá ser pronto –contestó con su habitual indiferencia, aunque distaba mucho de estar indiferente a la situación.

-Creo que no me has entendido jovencito. No te estoy preguntando. El enlace será pronto, tú fija el día, que no pase de una semana.

¿Una semana? ¡Maldición! Esto es más terrorífico de lo que había pensado al principio.

-Con todo respeto, no creo que Ikram esté de acuerdo y no pienso obligarla. Y Dante es un inconveniente, dudo mucho que llegue a aceptarme –estaba seguro de que el principal oponente a vencer, era su suegro, no sabía a ciencia cierta si podría ganarse sus afectos algún día. Aunque para el caso, los afectos del Dios también eran importantes.

-Por mi hija no te preocupes, Farrah ya habló con ella y ha aceptado unirse a ti, sólo está a la espera de tu propuesta; y por lo que respecta a Dante, de él me encargo yo, no te preocupes por ello tampoco –respondió con un leve encogimiento de hombros.

Tal parecía que el Dios lo veía todo demasiado fácil. En fin, estaba atado. En un laberinto sin salida. No le quedaba de otra más que aceptar. Se enlazaría a una mujer a la que no conocía en absoluto. No por decisión propia, sino por obligación. Él odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Pero pensaba ceder ante la orden, no había manera alguna de desacatarla.

-Muy bien. Mañana en la noche hablaré con Ikram para solicitarle que se enlace conmigo.

-Que así sea –le contestó antes de desvanecerse.

Jared se quedó mirando hacia la nada, se preguntaba cómo era posible que después de haber estado encantado con la idea de enlazarse por fin a su compañera; en ese instante se sintiera asqueado con la idea de hacer suya a aquella vampiresa. Pero lo cierto es que no tenía intención alguna de enlazarla definitivamente a él. Una vez que el Deus hubiera forjado el enlace y él la tuviera en su casa, no volvería a tocarla. Podría parecer caprichoso, pero estaba seguro que a los dioses no les gustaría en lo más mínimo que él no se atreviera a beber la sangre de ella; sin embargo, en esa segunda parte del enlace, ellos no podrían inmiscuirse, por lo tanto, no la ataría a él de esa manera. No bebería su sangre y tampoco le proveería la suya.

No supo en que instante la voz de Tarah se coló en sus sentidos, sin duda alguna ese era el día de “todos molesten a Jared”. Suspiró fuertemente antes de desvanecerse directamente a donde se encontraba la vampiresa. Estaba seguro de que ella necesitaba alimentarse y por esa razón le había convocado.

El Palacio Luxor en Trixania

Cuando llegó a los aposentos de Tarah, la encontró esperándolo como muchas veces antes, su diminuta ropa interior roja dejaba poco a la imaginación. Estaba acostada en una inmensa cama, entre almohadas de plumas, su cabello resplandecía con la tenue luz de la lámpara que estaba sobre la mesilla de noche, sus ojos brillaban con el deseo tantas otras veces visto en ella, sus pezones sobresalían de aquellos montículos que él conocía tan bien, incitándole a acercarse y llevárselos a la boca.

Se detuvo un instante a observar aquellas curvas generosas que había disfrutado otras veces; pero había algo distinto en esta ocasión, bajó su mirada a su entrepierna para comprobar si se había excitado con esa visión lujuriosa, pero encontró que su miembro estaba flácido, algo que le sorprendió increíblemente, jamás en su larga vida había podido resistirse a una mujer, mucho menos a Tarah; pero ahora, mientras la veía, comprendió que eran unos ojos azules los que deseaba que lo vieran de aquella manera. No obstante, tenía obligación para con Tarah, así que la alimentaría, le daría un orgasmo y se iría. Tal parecía que el celibato empezaría a ser su compañero de vida, pero no importaba. Si era necesario, no tomaría a ninguna mujer, aunque en realidad no parecía necesario, más bien parecía obligatorio, ya que su cuerpo estaba tan dormido, que dudaba seriamente que incluso su mano pudiera darle placer.

-Sólo he venido a alimentarte Tar –le explicó acercándose lentamente a ella- mi cuerpo no tiene el más ínfimo deseo de hacer nada hoy. Quizá nunca –pensó.

-Oh Jared –le llamó de una forma que él había considerado sexy antes- pero yo te necesito…

-No Tar. Te daré mi sangre y te daré placer, pero no pienso tomar el mío, mi cuerpo no responde, tal como puedes ver.

-¿Es por ella? –le preguntó molesta.

-No hablemos de ella. Quiero que sepas que no dejaré de alimentarte aunque me una a Ikram, no hasta que tú así lo decidas, ahora ven –la tomó de la cintura para acercarla a su cuerpo, lentamente trazó la curva de uno de sus senos y finalmente le puso la muñeca en la boca, ella rasgo su piel y comenzó a succionar. Jared había tenido la esperanza de que ver aquello le provocara una erección, pero no necesitaba ver su entrepierna para comprobar que aquél acto no le ponía duro como otras veces en el pasado. Cuando los gemidos de ella le indicaron de su necesidad, movió su otra mano hasta su sexo y la estimuló de manera constante, hasta que ella se corrió en su mano.

*****

Mucho después de haberla alimentado, Tarah se quedó dormida, él vió su rostro y comprendió que antes la observaba tras un velo de pasión, pero ese amanecer, únicamente veía a una vampiresa que le era extraña y a la vez conocida. Él imploró a los Dioses que le otorgaran un compañero pronto. Aunque sabía bien que un Pristier rara vez era emparejado, sobre todo los de alto rango como ella. De modo que ese sería el único enlace de sangre que tendría, por que ya había tomado la decisión de no darle ni pedirle algo de ello a Ikram.

Se deslizó de los brazos de Tarah cuando el sol estaba en lo alto, antes de que ella se despertara, la besó en lo labios suavemente y se desvaneció de regreso a su habitación. No sabía lo que su hermano –y su cuñada- dirían cuando se enteraran de que le había proporcionado placer a Tarah en su palacio, no dudaba de que les molestaría. Aunque si lo pensaba detenidamente, de eso se trataba su vida, de fastidiar la de los demás. Sonrió ante el pensamiento, se acomodó en su fría cama y se dispuso a tomar una siesta innecesaria, antes de caminar hacia la horca.



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Mi ángel de navidad (última parte)

Después de recuperar la cordura, me di la vuelta para no volver a caer en la poderosa atracción de sus ojos. Recorrí con la mirada cada uno de los cuadros, esculturas y demás cosas que decoraban la mansión. Eran de buen gusto, y le daban un toque elegante y muy masculino, por mi mente pasaron algunas ideas en cuanto a los cambios que se debían a hacer, que si el color de las cortinas o unos nuevos sofás; jamás había pensado en decorar casa alguna, mucho menos la de un desconocido, pero algo de ahí me atraía intensamente. No me percaté de que mi tour por la casa, había sido en compañía de un silencioso hombre de increíbles ojos azules. Cuando por fin pude articular palabra, giré sobre mis pasos, pero para sorpresa mía, unos brazos poderosos y un pecho fuerte detuvieron mi andar, y de no haber sido por él, seguramente habría acabado con el trasero en el suelo.

-Lo siento –le dije, con el rostro rojo de vergüenza- soy muy torpe, y… he husmeado por tu mansión sin tu permiso.

Sonrió, con una encantadora sonrisa que mostraba una dentadura blanca y recta, si, de esas que son dignas de un anuncio comercial de pasta dental.

-No te preocupes, de cualquier manera aún no has visto todo lo que tenías que ver. Sólo espero que mi casa haya superado tu escrutinio.

-Bueno… no estoy segura, hay cosas que no me gustan de la decoración, por ejemplo ¿a quién se le ocurre comprar una escultura de un hongo de semejante tamaño? –le increpé a sabiendas de lo que me contestaría. Por el mohín que hizo, sin duda, él mismo lo había adquirido. No es que estuviera feo, pero vamos, yo no lo pondría en mi casa, mucho menos en una zona en la que estaría a la vista de las visitas.

-Es una obra de arte, fue hecha por… en fin, no importa… ¿alguna otra cosa que no te agrade? –pregunto viéndome a los ojos.

-¿No sería mejor que me preguntaras que cosas me gustan de este lugar?

-¿Qué es lo que te gusta? –inquirió. Me vio a los ojos de nuevo, y sentí como mis hormonas se alocaba. Mi cuerpo respondía a él, mi corazón comenzó a latir a un ritmo staccato, me humedecí los labios con la lengua y vi como sus ojos se desviaban a mis labios. Supe que debía besarlo. Al diablo con las convenciones sociales, no me importaba que hubiera destrozado mi auto, no me importaba haberlo conocido hacía escasos momentos, lo único que sabía era que necesitaba sentir la dulzura de su boca contra la mía.

-Tú –fue mi única respuesta. No pude decir nada más. Por que no lo deseaba y por que él no me dejó. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo mientras se apoderaba de mi boca. Sus labios eran dulces, suaves y potentes, me tomaban con una necesidad desenfrenada, su lengua danzaba con la mía en un baile sin fin, candente y lujurioso. Jamás en toda mi vida había sido besada de aquella manera.

Sus manos se movieron sobre mi cuerpo, recorrieron mi cintura delicadamente. Siguió moviéndose hasta que enterró una de sus manos en mi cabello, su boca se separó de la mía y comenzó su recorrido hacia mi cuello, sus labios, lengua y dientes hicieron que mi piel se enchinara. Escuché un gemido a lo lejos, no supe si fue mío o de él, quizá de ambos; lo único que importaba eran las sensaciones que me provocaba. Cuando mordió ligeramente la piel de mi cuello, justo donde mi pulso latía feroz, doblé mi cabeza para darle el espacio suficiente para obrar magia con mi cuerpo; sus manos se movieron y tomaron mis senos en su calidez, los masajearon suavemente, mis pezones se erizaron ante su toque, y todo el momento, sus dientes trabajaron sobre mi cuello. Entonces él se separó.

-Ya lo sabes ¿verdad? Sabes qué soy. Sabes quién soy. Y sabes que eres mía. Dilo Shakty, di que eres mía –su respiración estaba tan agitada como la mía, sus pupilas dilatadas, podía sentir la pasión que destilaba su aroma natural. Y en efecto, yo sabía quién y qué era él. Lo supe desde que lo vi sin una sola raspadura en su piel. Y si, también supe que yo era suya.

Así era. Lo sabía. Mi familia pertenecía al linaje de los vampiros más antiguos del planeta. Se decía que en cada familia, uno de los hijos estaba destinado a un vampiro para perpetuar el linaje, mientras que los demás podían hacer sus vidas con los humanos. Mis hermanos estaban todos emparejados con vampiros, unos tras otro, que llegamos a creer que yo sería la única en pasar mi vida al lado de un humano.

Desde pequeños nos enseñaban a reconocer las señales, el modo de encontrar a nuestro compañero. Yo jamás lo había tomado en serio, era imposible sentir a tu alma gemela, acudir hasta sus brazos como si se tratase de un imán, sentir ese deseo irrefrenable… todo lo que yo sentía por él. Por un hombre… eh… vampiro… del que no tenía ni idea de su nombre.

-Mauricio… me llamo Mauricio, vamos Shakty, di que eres mía. No puedo tomarte sin tu consentimiento, pero no puedo contenerme.

También sabía eso, él no podía hacerme suya hasta que yo no hubiera sellado nuestro pacto de amor, nuestro enlace. Así que respirando profundamente, lo miré a los ojos y llevando mi mano derecha extendida hasta mi corazón, pronuncié las palabras que me harían suya para siempre.

-Con la fe que tengo en los dioses todopoderosos, que te han puesto en esta vida para mí, yo Shakty Argaiz te reclamo, ¡eres mío! Mi compañero, con tu sangre y tu energía, con tu alma y tu piel. Tómame, ¡soy tuya! Te entrego mi sangre, mi energía, mi alma y mi piel, para toda la eternidad.

Como parte del ritual, el macho de nuestra raza debía de hincarse y poner su mano derecha cerrada en un puño sobre su corazón y enunciar las palabras que lo atarían definitivamente a mí. Nunca me habría imaginado que un día vería a un vampiro arrodillado ante mí haciéndome su juramento.

-Con la fe que tengo en los dioses todopoderosos, que te han puesto en esta vida para mí, yo Mauricio San Miguel acepto tu reclamo sobre mi sangre y mi cuerpo, mi energía y mi alma. Juro solemnemente protegerte ante todo y sobre todas las cosas, por que ahora eres parte de mí, eres mía, con tu sangre y tu energía, tu piel y tu alma, para toda la eternidad.

Después de levantó y me tomó entre sus brazos, me besó desenfrenadamente, para después clavar sus colmillos en mi piel, succionar de mi cuello la sangre que nos ataría; yo me moví para poder hacer lo mismo en su piel, su sangre sabía dulce y cálida. Sentí el enlace formándose entre nosotros, su mente combinándose con la mía, sus recuerdos enlazados a los míos y el latir de su corazón justo al mismo ritmo que mi corazón. Nos desnudamos para poder sentir el roce de nuestra piel, para amarnos, entregarnos por completo a la unión que habíamos prometido. No tuve recuerdos de nada ni nadie que no fuésemos él y yo.

La navidad llegó y yo estaba entre sus brazos, cenamos del elixir de nuestra alma, el vino de nuestra sangre y el pan de nuestros cuerpos. Mi ángel, él era mi ángel de navidad, el que trajo la paz que mi espíritu necesitaba. Y por primera vez, me sentí feliz.



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Retazos y Ausencias

IX

Sus manos se deslizaron pausadamente por mi cuerpo, recorrieron mi piel dejando un rastro de fuego; cerré los ojos para dejarme llevar por las sensaciones que su contacto me causaba. Lo sentí acercándose a mi cuello, su lengua deslizándose justo en el lugar más sensible, recorrió delicadamente, con la punta de su lengua húmeda desde mis oídos hasta el inicio de mi escote. Su boca se posó sobre un pezón que ya estaba erecto y listo para recibirle, lo succionó y lo mordisqueó por encima de la ropa, descargas eléctricas chocaron por todas mis células, enarbolaron mis sentidos. Aquellas manos poderosas acariciaron mis piernas hasta levantarme el vestido corto que llevaba puesto, y en un abrir y cerrar de ojos, ya no había nada de telas que nos separaran, su piel rozaba a la mía, caliente y sudorosa. Y yo me fundía con él, en un encuentro de dos almas que necesitaban poseerse. El sonido del mar me parecía lejano, por que mis sentidos estaban concentrados en él y en lo que me provocaba. Las olas rompían contra nuestros pies, los mojaban, pero yo no lo percibía, era mi primera vez; y me enfoque sólo en el momento, lo demás, los demás, no importaban. Sólo él y yo.

Me levantó en brazos y me depositó contra la fina arena de la playa, desnudos a la luz de la luna, sus ojos grises parecían mercurio, hierro fundido, eran mágicos, místicos y venenosos. Él era veneno puro para mis sentidos, me había enfermado de amor, de una pasión intensa y electrizante.

Sus labios tomaron los míos nuevamente, cada punto de mi cuerpo que rozaba el suyo hacía que entrara en un estado de combustión espontánea. El tiempo y el espacio se detuvieron, las olas nos cubrían con su espuma mientras nosotros nos amábamos. No hubo espacio ni lugar de mi cuerpo que no fuera reverenciado por sus manos, por sus labios y sus colmillos. Lo sentí penetrar en mi cuerpo, me tomó pausadamente, me dejó disfrutar de las sensaciones que me causaba. Sus ojos ni un momento se despegaron de los míos, incluso mucho después de que empezara a moverse dentro de mí.

-Déjame probar el dulce elixir que es tu sangre. Déjame hacerte mía de una vez mi amor –me preguntó. Lo sentía deslizándose dentro de mí suavemente, sus manos tocando mi piel; su piel, incendiando la mía, y sus ojos fijos en mí, sólo entonces decidí atarme a él.

-Si José, bebe de mí. Te alimento con mi sangre y mi energía, soy tuya. Toda tuya.

Sus colmillos rompieron mi piel, la succión de mi sangre era un potente afrodisiaco para ambos, sentí como el enlace se forjaba, lo até a mi piel, a mis huesos y a mi alma. Fue mío, esa noche, con el amanecer cercano, el mar bañándonos y la arena cubriendo nuestra piel.

Aún tengo los recuerdos completos de esa noche, sin ningún detalle que se me haya escapado. Nos amamos sin censura, una y otra vez hasta que el aire estuvo cargado de nuestros matices fundidos, pensé que jamás desearía olvidar lo sucedido entre nosotros. Pero hoy, mientras camino por la playa en la que me entregué por primera vez a mi compañero, cuando el aire viene saturado de memorias lejanas, tengo la clara certeza de que lo único que deseo recordar, es que el destino, mi destino, soy sólo yo. Y lo tengo que cumplir. Por que él fue marcado por el destino para ser mío y yo, no lo dejaré ir.


Bien, he de darles la noticia de que estos relatos denominados Retazos y Ausencias han llegado a su fin. Tranquilas, no he perdido la inspiración, pero les he dado las armas suficientes para entender, cuando llegue el momento, Marcado por el Destino y Velo de Pasión (no, aún no me avienten tomatazos sin saber cómo resolveré esas historias...) Espero de corazón que les haya gustado, que las lecturas de estos relatos hayan sido amenas y que sigan pasándose por este blog para leerme. Ojalá se animaran a comentar algo.

Besos enormes

Yrex Dionisius




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Capítulo 4 de Tormenta de Pasión

Capítulo 4

El Palacio Darkheat en el Reino de Kalart

El Inframundo Anacardian

Ikram caminó tranquilamente por Kalart, no deseaba encontrarse a su primo Lucien, por que si lo hacía; él encontraría la manera de enterarse de lo que la tenía preocupada, y aunque agradecía que su primo se interesara por su bienestar, lo último que necesitaba en ese momento, era que Lucien supiera que Jared era su compañero destinado. Ya que por algún extraño motivo, esos dos no podían ni verse. A ella no le interesaba en lo más mínimo la razón que derivó en esa enemistad, pero tampoco quería tener que escoger entre dos hombres que eran importantes en su vida.

Mientras avanzaba por los túneles, descubrió que amaba estar ahí, por que le daba tranquilidad el crepitar de las hogueras que su tía Dalén siempre tenía encendidas, las apasionantes tormentas que creaba su tío Zakyr, el consorte de la diosa del fuego. La maravillosa luz que inundaba el palacio cada que su padre -el Dios Lucius- aparecía, las sombras que su madre, la Diosa Farrah creaba para que danzaran frente a ella y la entretuvieran, pero sobre todo, el amor tan grande que se reflejaba en los ojos de su tía Yrna cada que veía a su consorte el Dios Amius; sin duda alguna, estar en el Infierno Anacardian, no era tan terrorífico como todos pensaban. Ni las diosas eran tan malvadas como se suponía.

Ese era su hogar, pero a veces sentía que su vida estaba vacía, aunque tenía todo lo que una vampiresa pudiera desear, la verdad es que se sentía sola. El único vampiro de su edad con el que había convivido era Arik. Los demás eran humanos, amigos a los que había conocido en los colegios a los que hubo asistido. Los vampiros le temían, pues decían que era hija del diablo. Esas cosas tan hirientes, se las había guardado bajo su capa de arrogancia y desdén para todos sus conocidos, sin embargo, al hacer eso, únicamente había conseguido ser más temida, por todos aquellos a los que ella deseaba conocer y tener como amigos.

-Mi querida Kramy –su primo Lucien, a quien no había querido ver estaba frente a ella, era un vampiro alto, de cabellos dorados y ojos verdes como su padre, guapo, divertido, inteligente y con una sonrisa fácil, y ella lo adoraba- has venido a visitarnos.

-Hola Lucien, ¿está mi madre por aquí? Me gustaría hablar con ella –le preguntó al tiempo que se estiraba para depositar un beso en la mejilla de él.

-Me temo que está ocupada con tu padre, de la misma manera que los míos están enzarzados en una lucha carnal. Y ni preguntes por los tíos Dalén y Zakyr. Si, hoy es día de hacer el amor como locos -le respondió con una sonrisa burlona en los labios.

-¡Lucien! ¿Cómo te atreves a decir esas cosas? –le preguntó

-Oh vamos Kram, tú mejor que nadie sabes lo que hacen cada fin de mes. Si hasta parecen conejos –le contestó poniendo sus ojos en blanco.

-Lucien, deja de hablar de eso. Me irritas –le sugirió haciendo un pequeño mohín.

-Tu también deberías de probarlo querida. Yo creo que ya estás lo suficientemente grande como para despertar a la llamada carnal. ¿No crees? –le preguntó enarcando una prefecta ceja rubia.

-Por supuesto que no. Damien y yo no estamos pensando en ello.

La carcajada de su primo fue tan intensa, que sin duda se escuchó por todo Kalart. –Tú deseas creer en ello. Pero te aseguro que tu mascota humana, está desesperado por que bebas de su sangre, mientras lo tomas en tu cuerpo.

-¿Porqué siempre tienes que hablar de eso? –le preguntó levemente irritada, por los tintes que estaba tomando la plática.

-Por que es la verdad Kram, pero te aseguro que no es bueno que lo hagas. No sucumbas ante tu mascota. Será más placentero hacerlo con un vampiro. Búscate uno cuando desees probarlo.

-Lucien… yo… ya tengo un compañero –le susurró viéndolo de reojo.

-¡Por las barbas de Lucifer! ¿Quién es? ¡Oh, esto es interesante! Quien sea capaz de aguantarte querida, merece mis respetos.

-No creo que sea divertido para ti. Hace unas horas acabo de descubrir que… que Jared Dionisius es mi compañero.

-¡Mierda! ¿Jared? ¿El maldito de Jared es tu compañero? –le dijo con una mirada casi asesina, que ella sabía no iba dirigida a su persona.

-Si, lo es. ¿Por qué lo odias?

-Por meterse en donde no le incumbe. Jared… no te será fácil. Con él nada es fácil. Confía en la luz que hay en tu interior, hermanita. Es lo único que te va a salvar de él –le advirtió con tal seriedad que a ella le asustó demasiado.

-¿Porqué hablas como si fueses un oráculo? Nunca te había visto tan serio. Empiezas a asustarme, Lucien.

-No te asustes Kram, de verdad, cree en lo que te digo. Ahora si me disculpas, debo de irme. Yrex me está esperando.

-¿Visitas a Yrex cuando el amanecer está cerca? Digo, nosotros no necesitamos dormir pero… ¿no es impropio?

-La visito a la hora que se me antoja, pero no te preocupes, Jared no se va a enterar –le respondió guiñándole un ojo.

-No es Jared quien me preocupa, eres tú. Sé que llevas viéndola durante años, casi el tiempo en que yo nací. Y ella no te corresponde, no entiendo tu necesidad de estar con ella.

-Nadie la entiende, bien, en realidad, el único que lo entiende es mi padre, pero tarde o temprano, ella va a ser mía.

-¿A la fuerza? Por que sinceramente, con el tiempo que llevas tras de Yrex, no creo que puedas convencerla tan fácilmente.

-Tranquila Kramy, sé perfectamente lo que hago. Dentro de poco, Yrex será la nueva señora de Kalart –sonrió ligeramente y acto seguido su mirada fue de obvia tristeza- ella ha sufrido demasiado, se merece alguien que la ame y la proteja, y ese vampiro seré yo. Cuídate mucho y recuerda lo que te dije acerca de Jared –su primo la besó en la frente antes de desvanecerse.

Una vez sola, se dirigió rápidamente a la parte trasera del palacio, desde donde podía observar tranquilamente el mar, de aguas tan azules como sus ojos. El viento alborotaba sus cabellos y la brisa marina le mojaba las mejillas, mientras veía el sol que amenazaba con derramar toda su cálida furia contra ellos. El amanecer siempre la había cautivado, aunque nunca había sabido la razón, había algo calmante en ver como la luz inundaba la tierra, como barría las sombras y la oscuridad del mundo. Suspiró profundamente antes de desvanecerse, no había nada en Kalart que la hiciese quedarse, no tenía nadie con quien hablar, quizá si regresara a Trixania, podría encontrar un poco de alivio en hablar con Arik.

Echó un último vistazo a ese mar tranquilo, en el que tantas veces había sumergido su cuerpo, antes de desintegrarse y regresar a donde el causante de todos sus males se hallaba. Pero no pudo hacer nada más que arrodillarse, cuando el intenso dolor le atravesó el cuerpo, sintió los lametazos del fuego inundando sus sentidos, sus huesos quebrándose, mientras la cabeza le zumbaba con miles de sonidos extraños, se envolvió con sus brazos como tantas veces lo había hecho cuando el dolor la atacaba, y entonces sin previo aviso, su padre Lucius apareció a su lado, la abrazó y entre la neblina que cubría sus sentidos; lo escuchó rezar la profecía de la luz, para cuando él terminó de hablar, la oscuridad la había atrapado.



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Promesa


No lo sé, no lo sé
amor líquido fluye de mí
mariposas al vuelo quiero vivir
estrellas por ojos, que miren a ti.

Dos contra uno, uno sin dos
no sueño mañana, ni miro al dolor
camino muy lento, lento caminar
dos besos robados, un encuentro carnal.

¡Muérdeme! entrégate a mí
tus colmillos clava en mi cuello
desliza tus manos por mi cuerpo
dame la pasión que hay en ti.

Ansíame, libértame,
me entrego a ti,
no soy de nadie, más que de mí
si anhelas mi cuerpo,
te entrego mi ser;
si deseas mi vientre,
te entrego mi piel.

Suéñame, mírame
ámame de una vez,
ansío tenerte cerca de mí...
tus labios danzando en mi ser
tus manos viajando por mí.

Bebe de mi esencia, de mi sangre
derraman su energía en ti
te atan a mis huesos no te dejan ir,
te dan mi vida... la que te pedí.

Penétrame, sin censura,
te quiero sentir,
tus pensamientos vagando en mi mente,
tus sueños creando pacientes,
un remolino de deseo por ti.

Ámame, sin ataduras
dame tu piel,
tu alma y tu vida,
junto a tu corazón...

Te reclamo, ¡eres mío!
con tu sangre y tu energía
Tómame, ¡soy tuya!
para toda la eternidad.






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